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Mostramos la solidaridad de Unidad Hispanista con Fernando López Mirones. Reproducimos su texto de petición de apoyo:

LA ÚLTIMA CLASE. 

Fernando López-Mirones.

Apreciados aulladores:

La cancelación total de cuanto hice en mi vida profesional, la persecución perpetua, continúa.

Hoy he sabido por un escueto correo electrónico que mis dieciocho años como profesor universitario han terminado.

Han buscado la manera de deshacerse de un profesor incómodo, independiente, crítico con el sistema.

Si se lo cuento a ustedes es para que sepan que sigo pagando el precio de ser honesto, como tantos otros.

Los poderosos mueven sus hilos y tratan de ahogarnos, de cortarnos los recursos, para que dejemos de luchar.

Han buscado una excusa, pero el motivo es que soy negacionista, aunque eso nunca afectó a mis alumnos ni tuve ningún problema en absoluto.

Una larga carrera de algo que me llenaba de orgullo, esas almas jóvenes que brillan cuando les enseñas cosas nuevas.

Me lo dicen ahora, casi en agosto, para evitar que haga ruido; creen que voy a enfadarme, pero solo hay dolor sordo.

Cualquiera es un buen amigo con quien se porta bien contigo, lo que tiene valor es ser noble con quien no lo hace.

No niego que estoy muy afectado porque me apasionaba enseñar a hacer cine documental, a crear guiones, a investigar el mundo para convertirlo en películas.

Hace dos meses me quitaron también la que iba a hacer en 2020 cuando todo estalló, la están haciendo otros. Y fue también por decir la verdad exponiéndome. Este es un mundo en el cual los cobardes medran.

Pero quiero que sepan que estoy orgulloso de lo que hemos conseguido aullando entre todos, y que lo volvería a hacer a pesar del alto precio. Si Dios quiere esto, es porque me está abriendo nuevos horizontes. Ya les he contado la singladura que haremos en el Atlantis a los mares de Roma, y pronto les anunciaré dos increíbles safaris a mi querida África. Vuelvo al polvo de las jirafas, al rugido de los leones.

Agradecido por las dieciocho promociones que me han escuchado soñar en alto, con la ausencia repentina como única despedida, mi sombrero no volverá a colgar de la percha para abrigos del aula 2.4 donde fui tan feliz.

Desde 2020 muchos profesores dejaron de hablarme, cruzaban el pasillo evitándome al pasar, me acostumbré a sonreír solo mientras todos pensaban que el único biólogo de la facultad de Comunicacion Audiovisual se había vuelto loco.

Entonces alguien olvidó poner mi fotografía y mi nombre en la web de la universidad, justo tras meses de que cientos de bots de Twitter les escribieran cada día diciéndoles que un tipo como yo no debería ser profesor allí.

Y seguí, porque al cerrar la puerta de mi clase solo estábamos ellos y yo, los alumnos; nada de lo que ocurriera fuera me importaba cuando ponía una película de Jacques-Ives Cousteau o de Félix Rodríguez de la Fuente; este último curso algunos ya no sabían quiénes fueron.

Quizá hubiera querido oír algún “¡Oh Capitán, mi capitán!” como el profesor cancelado en El Club de los Poetas Muertos, pero todos están de vacaciones, el silencio será mi réquiem.

Ojalá les haya dejado algo, la última vez que salí del aula no sabía que era la última.

Hice lo que había que hacer, pero algo de mi se quedó para siempre en la Universidad Villanueva que ya no me quiere.

Ahora, con 59 años, nadie va ni siquiera a considerarme en otras universidades, pero esos pasillos llenos de vida no volverán a ver a un profesor con sombrero nunca más.

Un aullido.